El costo invisible del perfeccionismo

Imagina que vas a casa de una amiga y todo está impecable. El sillón sin una arruga, la mesa perfectamente ordenada, ni una taza fuera de lugar. Todo está «perfecto».
De pronto, sientes que te da miedo moverte, no vaya a ser que ensucies o desacomodes algo.
Te incomoda un poco estar ahí, aunque la casa sea preciosa.

Eso mismo pasa cuando intentamos mostrarnos perfect@s ante el mundo: generamos admiración, pero también distancia.
Y sin darnos cuenta, empezamos a sentirnos sol@s dentro de una versión pulida de nosotras mismas.

¿Por qué ser perfect@ no conecta?

El perfeccionismo tiene una trampa: parece una virtud, pero muchas veces es un disfraz del miedo.
Miedo a equivocarnos. Miedo a decepcionar. Miedo a ser vist@s tal como somos: con dudas, con contradicciones, con días buenos… y otros no tanto. ¿te ha pasado?

El problema es que cuando nos obsesionamos con parecer impecables, dejamos de parecer human@s.
Y esto el cerebro lo detecta. Las personas notan, incluso sin querer, cuando algo es «demasiado perfecto» solemos generar distancia, porque lo percibimos como «no real».

Existe un concepto en psicología llamado heurística de esfuerzo, que explica cómo valoramos más lo que percibimos como real, humano y trabajado con dedicación.
Por eso nos emocionan los logros que implican tropiezos, aprendizajes y procesos imperfectos.
Nos conmueven las historias de personas que se atreven a ser vulnerables, porque ahí es donde nos sentimos reflejados.

Lo impecable no enamora. Lo auténtico, sí.

El costo oculto de la autoexigencia

El perfeccionismo no solo te agota, también te aísla.
Te hace sentir que nunca es suficiente, aunque desde afuera todo parezca bien. Y cuando por fin logras algo, aparece esa voz interna que dice: “pudiste haberlo hecho mejor”.

Es un círculo vicioso que desgasta, roba energía y apaga el disfrute.

¿Cómo empezar a soltar la necesidad de ser perfecta?

Te propongo un pequeño ejercicio:

Piensa en alguien a quien quieres mucho. ¿Te gustaría que esa persona se exigiera tanto como tú te exiges? ¿Le pedirías perfección, o le permitirías ser human@?

Si tu respuesta es la segunda… ¿por qué no darte a ti mism@ ese mismo permiso?

Empieza por pasos pequeños:

  • Atrévete a compartir un error o un momento vulnerable con alguien de confianza.
  • Recuerda un logro personal e identifica qué partes del proceso fueron imperfectas (y por eso mismo, valiosas).
  • Haz las paces con la idea de que no todo lo que haces debe ser impecable. A veces, «suficientemente bueno» es más que suficiente.

¿Quieres acompañamiento en este camino?

En mi centro Serena, acompañamos procesos desde la cercanía y el cuidado. (en diferentes enfoques: niños, adolescentes, adultos, parejas, tanatología)

Si este texto resonó contigo y sientes que te vendría bien un espacio para trabajar tu autoexigencia y reconciliarte contigo, puedes acercarte.
Estaremos aquí, no para ayudarte a ser perfect@, sino para que puedas volver a ti.

Publicado por Montserrat Oscós

Psicóloga y Mtra. en gestalt

Deja un comentario