Ser Swiftie me recordó algo que también veo todos los días en consulta: no tenemos que mutilar partes de nosotras para pertenecer, podemos vivir muchas eras sin mutilarnos.
No tienes que escoger entre tu parte profesional y tu parte amorosa, entre amistades bonitas y tu propio estilo de vida. No es “o carrera o amor”. No es “o metas o vínculos”.
Te mereces todo. La pregunta no es “¿esto o lo otro?”, sino “¿cómo lo consigo desde quien soy yo?”
¿Por qué sentimos que hay que elegir?
No es falta de capacidad ni de “ganas”. Es que crecimos con mensajes que se pegaron en nuestro corazón y en nuestra mente.
Cuando una mujer me dice “no puedo con todo”, rara vez estoy viendo falta de talento o de disciplina. Lo que veo realmente es un guión aprendido.
Crecimos escuchando frases que se quedaron pegadas en la mente y en todo nuestro cuerpo: elogios cuando nos acomodábamos, cejas levantadas cuando poníamos límites, silencios incómodos cuando brillábamos “demasiado”, ¿te suenan?.
Esos mensajes, repetidos en casa, en la escuela, en el trabajo y hasta en la música, se vuelven un mandato interno, una «ley» que decide por nosotras antes de que nos demos cuenta.
Esos «mandatos/leyes» llegan como alertas del cuerpo (que seguro ya has percibido): la mandíbula que se tensa cuando vas a pedir un aumento en tu trabajo, el estómago que se encoge cuando dices “hoy no puedo”, el nudo en la garganta antes de decir “esto no me hace bien”, ¿te parecen familiares?.
Por eso fíjate bien, no es que no sepamos qué queremos; es que aprendimos que elegirnos tiene costo, el cual interpretamos como si fueramos a tener menos aprobación, menos pertenencia, quizá un conflicto (y claro, no debemos entrar en conflicto, las mujeres no nos enojamos, somos muy amorosas…). Y el sistema nervioso, fiel a su tarea de protegerte, te empuja a la opción “segura” que termina siendo… renunciar a algo tuyo (ooootra vez…)
En terapia, estos «mandatos/leyes» los llamamos introyectos. Los cuales son como bocados enteros que tragamos sin masticar. “La ambición espanta”, “si te va bien, algo vas a pagar”, “una mujer de verdad prioriza a los demás”. Nuevamente…. ¿te suenan?
Nada de esto te define, pero te influye.
Los mandatos/leyes también son paradojas, pero si te fijas bien, son totalmente opuestas: “Sé brillante, pero no demasiado”, “sé independiente, pero no incomodes”, “sé buena, pero disponible siempre”.
Estas contradicciones provocan que te sientas atrapada porque cualquier movimiento es “exceso”. (Y está mal visto). Así, la mente aprende a negociar y forza al cuerpo a restringir el impulso. Te prometes que cuando pase el pico de trabajo vas a cuidarte; que cuando tu pareja esté más tranquila retomarás tu proyecto. Y el “después” no llega…
Ahora, también existe otro patrón que nos obliga a sentir que hay que elegir. Este es más sutil, pero muy fuerte: la lealtad a la familia. (Y este lo veo muy frecuentemente en consulta).
Muchas de nosotras llevamos historias de mujeres que sostuvieron familias enteras con su silencio. Sin palabras, nos dijeron: “así se sobrevive”, y digo sin palabras, porque si te fijas bien, lo hicieron a través del ejemplo. Cuando hoy alzamos la voz para pedir equidad o tiempo propio, una parte íntima siente que traiciona. ¿Te ha pasado?, pues justamente, esto no es racional; pero se siente como una cuerda que nos ata al “así siempre fue”, «así me dijeron/enseñaron que debe ser». Y no peleamos contra nuestras madres o abuelas, sino que las honramos, pero lo que sí podemos hacer, es actualizar la forma de cuidarnos.
Te pongo un ejemplo de cómo lo vivimos en el día a día:
Antes de escribir ese correo de trabajo, limpias la cocina; antes de ir a tu clase, resuelves tres pendientes de trabajo; antes de sentarte a crear, respondes mensajes que podían esperar. Al final del día, lo que te faltó no fue tiempo…. te faltó permiso interno. El mandato/ley dice: “primero todo lo demás, luego tú”. Y, claro, nunca llega el “luego”.
¿Qué puedo hacer con ello?
Nombrarlo.
Ya sé… ¿qué fácil suena no? pero cuando le pones luz a esa ley/mandato, cuando le prestas atención y consciencia, se convierte de un «yo no puedo» o «me dijeron que no debía», a poder mirarlo y cuestionarlo. ¿de dónde viene? ¿qué cuidaba en su momento?, ¿qué parte todavía me sirve (responsabilidad, empatía) y qué parte necesito devolver (culpa, sacrificio)?
Intégralo. Entonces… en vez de “o carrera o amor”, prueba: “hoy priorizo esta meta y hoy también cuido este vínculo”.
A ratos tu proyecto pide foco absoluto; a ratos tu relación te necesita presente; a ratos tu descanso es lo que te ayudará a que ambos sean posibles.
Integrar es aprender a alternar con consciencia, no a estar en todo al mismo tiempo.
Cuando digo “integrar”, no estoy hablando de convertirte en una malabarista perfecta que nunca deja caer nada. Integrar es coreografiar tu vida con consciencia: a veces una parte sube el volumen y otras lo baja, ¿o apoco en la música (clásica específicamente) todos los instrumentos y todo el volúmen suenan siempre igual?, eso es ritmo.
Y sí, asusta. Y tal vez lo que asusta es hacer el cambio, porque el cuerpo reacciona al cambio.
El cuerpo, ha estado entrenado para evitar el conflicto, a eso se ha acostumbrado a lo largo de muchos años, y puede que tiemble cuando dices “hasta aquí” o “necesito esto”. Pero esa vibración no es señal de que estés equivocándote; es el sistema nervioso recalibrándose a una vida donde tu voz participa, donde puedes cuestionar, donde puedes cambiar la manera en que lo vives.
No tienes que ser «superwoman». Hay semanas donde tu proyecto necesita ser figura principal; otras, el amor te llama a estar más disponible; otras, tu cuerpo pide recuperar energía. Integrar no te exige estar en todo al mismo tiempo, sino elegir con ternura qué va primero ahora y sostenerlo con límites que te ayudan a cuidarte.
Tal vez te dijeron que era “esto o lo otro”. No. Esa es una frase heredada que se repite para mantenerte pequeña. La verdad es que puedes elegir la vida que deseas (de lujos o sencilla) pero tuya, elegida desde la consciencia y sostenida porque sabes que lo mereces, porque lo vales. No es una promesa vacía, es la práctica diaria de escucharte y decidir con claridad qué necesitas hoy, qué cuidas y qué dejas para después sin culpas.
Ahora, para que puedas ir a tu ritmo, empieza por escuchar tu cuerpo. El cuerpo te avisa lo que necesita, présta atención cuando la respiración se acelere, la mandíbula muerda, la voz se tense.
Cuando eliges desde ti, aparece algo que lo cambia todo, no se trata de elegir, se trata de integrar. Integrar es permitir que el éxito, el amor, las amistades y el bienestar convivan sin que una parte tenga que apagar a la otra. No significa hacerlo todo al mismo tiempo ni perseguir una perfección agotadora; significa diseñar ritmos.
No es egoísmo decir “hoy te quiero mucho, y a las ocho cierro la puerta para escribir”, es amor con una dirección y un enfoque hacia ti, hacia lo que necesitas.
A veces me dicen: “pero si hoy priorizo una cosa, ¿no abandono la otra?”. No. Priorizar no es abandonar; es cuidar por turnos.
Por ejemplo, tenemos que aprender a elegir un amor con consciencia, un amor «sano». Así, cuando tu carrera está en una entrega importante, el amor no va a exigirte protagonismo, sino que te acompaña y pregunta qué necesitas. Y de igual forma, cuando tu relación necesita reparación, tu carrera no compite, espera su compás, recibe tu claridad y tus tiempos.
Así que si, sí puedes ser todo, te mereces TODO, solo es importante aceptar que ser todo se logra por turnos, con ritmo y acuerdos, no todo al mismo tiempo. Esa es la diferencia entre romperte y sostenerte, volver a ti, conectar contigo y escuchar tu cuerpo para decidir qué va primero ahora.
No estás “pidiendo demasiado” por querer una vida plena en varias áreas.
Estás recordando que eres mucho: profesional potente, pareja que ama bonito, amiga presente y mujer con un ritmo propio (de lujos o sencillo) pero tuyo.
Yo elijo ser mujer completa. Elijo mi proyecto sin pedir perdón por brillar; elijo un amor que me admire sin tener que hacerme chiquita o apagar mi brillo, elijo amistades que celebren mi crecimiento y me recuerden descansar, elijo un estilo de vida que a veces es austero y otras generoso, pero siempre fiel a mi y a quién soy hoy. Esto es responsabilidad afectiva conmigo y con las personas que amo.
Si alguna vez dudas, vuelve a lo esencial: no elijas, integra. Vuelve a ti, conecta contigo y escucha tu cuerpo. Pregúntale qué necesita hoy para sentirse en casa.
Se trata de habitar tu vida completa y tomar decisiones que puedas sostener. No necesitas escoger entre partes de ti; puedes integrarlas con consciencia, límites y acuerdos.
Y si quieres trabajarlo con más profundidad (contigo, en pareja o con tu equipo) en mi centro Serena te acompañamos a volver a ti, conectar contigo y escuchar tu cuerpo para construir una vida que se sienta tuya.
Mon
