El “efecto farola” en la vida emocional

¿Has escuchado sobre el «efecto farola»? Cuando lo leí por primera vez, la verdad me hizo reír un poco y también me hizo sentirme identificada. Te la comparto:

Cuenta una vieja historia que Nasreddin, un sabio sufí, buscaba su anillo perdido bajo la luz de un farol.
Un vecino se le acercó y le preguntó:

—¿Estás seguro de que aquí lo perdiste?
—No —respondió Nasreddin—, lo perdí allá atrás, en la oscuridad.
—¿Entonces por qué lo buscas aquí?
—Porque aquí hay más luz.

Aunque suene absurdo, este gesto refleja un sesgo muy humano conocido como “el efecto farola”: buscamos respuestas donde es más fácil mirar, no necesariamente donde es más probable encontrarlas.

Y en terapia, en la vida, ¿cuántas veces hacemos lo mismo?.
Nos pasa todo el tiempo. En lugar de revisar lo que realmente duele, lo que mueve el nudo en el estómago, preferimos quedarnos en terrenos conocidos.

Es más fácil hablar de lo que hacemos mal en el trabajo, que reconocer cómo nos sentimos realmente en nuestras relaciones.

Es más fácil obsesionarnos con ser productivos, que mirar de frente el vacío que sentimos al terminar el día.

Es más fácil leer otro libro de autoayuda, que atrevernos a decir en voz alta: no sé cómo se hace esto de vivir sin exigirme tanto.

¿Dónde está tu farola?

A veces creemos que “trabajar en uno mismo” significa acumular técnicas, aprender más, hacer más…
Pero el verdadero trabajo emocional a veces está justo donde no queremos mirar: en lo que evitamos, en lo que nos da miedo tocar, en las emociones incómodas que vamos barriendo debajo de la alfombra. Yo siempre lo comento en terapia, «detrás de la incomodidad está el crecimiento, pero no te permites sentir esto porque no te gusta, porque te es desagradable…»

El problema es que mientras buscamos bajo la farola, el anillo sigue en la oscuridad.

Bueno… ok ¿y cómo le hago para mirarlo?

¿Qué pasaría si en lugar de enfocarte solo en lo conocido, te dieras permiso de explorar lo que has estado evitando?

La mayoría de las personas llegamos a terapia porque hay algo que duele, algo que pesa, o simplemente algo que ya no funciona. Pero muchas veces, sin darnos cuenta, seguimos buscando respuestas bajo la «luz del farol», en lo que ya sabemos, en lo que es cómodo analizar, en lo que parece tener solución rápida.

Lo que de verdad transforma suele estar en otro lugar.
En ese rincón emocional al que hemos evitado asomarnos porque da miedo. Porque incomoda. Porque parece desordenado o contradictorio.

Te dejo algunas preguntas para reflexionar:

  • ¿Hay alguna conversación pendiente que has postergado porque “no es el momento”?
    A veces, el costo de no hablar se acumula en forma de ansiedad, insomnio o distancia emocional. Pregúntate si estás esperando el «momento perfecto» o si en realidad estás evitando el malestar que implica ser honest@.
  • ¿Estás intentando resolver un problema por la vía más fácil, cuando en el fondo sabes que hay otra raíz más profunda?
    Tal vez sigues enfocándote en cambiar de trabajo, cuando lo que te pesa es sentirte insuficiente en cualquier lugar.
  • O trabajas en tu comunicación de pareja, pero no has querido ver tu propio miedo al abandono.
    A veces creemos que el problema está en «mejorar la comunicación con mi pareja». Y buscamos técnicas, frases asertivas, formas de decir las cosas con más claridad. Y sí, eso ayuda… pero solo hasta cierto punto. Porque en el fondo, no siempre es un problema de comunicación.
    A veces es un problema de miedo: miedo a que si digo lo que realmente pienso, me dejen. Miedo a poner límites y que eso incomode al otro. Miedo a que si muestro mi lado más vulnerable, ya no me elijan… (súper frecuente…).
    Entonces, el verdadero trabajo no es solo aprender a hablar mejor, sino atreverse a mirar qué historias y miedos sostienen ese silencio, esa necesidad de evitar el conflicto.
    trabajar en la “comunicación de pareja” es lo que tiene luz. Es lo que se ve, lo que parece lógico, lo que es más fácil abordar. Hay libros, talleres, frases clave… está en todas partes.
    Pero lo que suele estar en la sombra es el miedo profundo al abandono, al rechazo o a no ser suficiente.
    Eso no siempre se ve tan claro, ni es tan fácil de reconocer. Requiere detenerse, mirar hacia adentro, incomodarse un poco.

Resolver la superficie no basta si el origen sigue intacto.

Así funciona el efecto farola en terapia. Llegamos con ganas de enfocarnos en lo que es más sencillo explorar (las herramientas, los hábitos, la superficie), y evitamos mirar donde realmente está la raíz emocional del problema.

No es un error, es humano.
Todos, en algún momento, preferimos buscar respuestas donde es más fácil ver.

La invitación es a preguntarte:
¿Estoy poniendo mi energía en lo que es más cómodo explorar, o en lo que realmente necesito mirar?

Explorar lo que evitamos no es cómodo, pero sí liberador.
Es mirar con honestidad lo que realmente nos duele, lo que nos da miedo, lo que nos incomoda… y aun así, sostenernos con amor y valentía.

Si quieres, podemos hacerlo junt@s. Podemos trabajar en esto, justo cuando te das cuenta de que ya no quieres seguir buscando respuestas en el mismo lugar de siempre.

Volver a ti también es animarte a mirar donde antes no te habías atrevido. ¿te animas?

Publicado por Montserrat Oscós

Psicóloga y Mtra. en gestalt

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